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CRÓNICA DE UN DÍA DE INDIGNACIÓN Y FURIA Marcha Ni Una Menos - 03 de Junio de 2015 Texto: Juan Cruz Guido Fotografía: Alejandr...

CRÓNICA DE UN DÍA DE INDIGNACIÓN Y FURIA
Marcha Ni Una Menos - 03 de Junio de 2015




Texto: Juan Cruz Guido

Fotografía: Alejandro Amdan/TELAM



I.

Como todos los miércoles, la parada obligada fue el barcito sobre Defensa casi Belgrano. Siempre fui de la cerveza tirada aunque por un tema, ya casi de respeto, le guardo mucho cariño a la botella de 970.

-“Un liso de Warsteiner, por favor”
-“¿Que haces, querido? Dale, ahí va.” 

La tarde ya empezaba a caer sobre San Telmo, barrio de rica historia arrabalera, y yo seguía pensando en las definiciones que estaban en juego en esta marcha aparentemente inofensiva por la banalización que los medios de mercantilización –ex comunicación- habían generado en los últimos días. Hoy muchxs tendrían su foto para Twitter aunque en cuatro meses volverían a legitimar al partido conservador-católico-neoliberal por los valores argentinos- mejor conocido por sus siglas PRO-. Mi lógica tenía cierto sentido, pero evitando quedarme en la lógica me dispuse a liquidar el vaso con el fin de partir a la plaza y finalmente combatir fantasmas propios y ajenos.


II.
Era cierto, podría haber tomado el colectivo pero al ver que varias columnas entraban a la plaza de los Dos Congresos por Avenida de Mayo, me decidí a patear esas ocho cuadras que me separaban del corazón de la manifestación. Lejos de un clima solemne, la sensación, como en toda manifestación popular, era de fiesta, aunque obviamente con una fuerte cuota de rebeldía en cada mirada firme, en cada mujer sin miedo. Los hombres cruzábamos miradas amigas, sabiendo que hoy nuestro rol era el de acompañar y abrazar las causas de nuestras compañeras. Ni atrás, ni adelante, siempre juntos a la par.

“Cerveza fría, una por veinte, dos por treinta” gritaba una hombre con la bandeja de cervezas sobre la cabeza.
La oferta era bastante tentadora, “dame dos, por favor”.

Abrí la primera lata y me recosté por un momento sobre el pasto de la plaza para disfrutar la escena que para ese entonces era realmente conmovedora. Por fin la lucha había dado sus frutos, por fin la tierra de Evita veía a sus mujeres emancipadas, enrebeladas. La consigna definitivamente era lo mínimo, era lo fundamental, ni una menos. La plaza, la murga, los aplausos, los carteles, eran bandera y memoria. Ya nunca más se volvería a ser una, ahora todos serían todas y todos.



III.

-“¿El estado está?”


-”¡¡No está!!”



-“Entonces, luchen, luchen, pibas, luchen”



-”¿La iglesia está?”



-”¡¡No está!!”



-“Entonces, luchen, luchen, pibas, luchen”



-“¿La justicia está?”



-”¡¡No está!!”



-“Entonces, luchen, luchen, pibas, luchen”


(Aplausos)

“Se va acabar, 
Se va acabar,
este machismo patriarcal...”

El mensaje era claro, era necesariamente político y revolucionario.


IV.
La murga La Locura de Boedo hacía de las suyas cuando un gordo de traje y pelito engominado, nos empujó abriendo paso.

“Es Gisela Bernal” comentó una señora de unos sesenta años, que había ido a la marcha con su nieta. “No te sacas una foto con mi nietita Gisela, nosotras te queremos mucho”.

La gente se acercaba y como la señora, intentaban sacarse una fotografía con la actriz que había sido el chivo expiatorio para desatar la polémica en el sexista mundo del espectáculo, exponiendo las frialdades y el manoseo de un ambiente que suele hacer de vanguardia en el arte de la cosificación y la humillación femenina. En la cara de esta joven rubia, detrás del maquillaje de ocasión, se escondía –sin esconderse- una pobre victima de este cruel reality de la vida donde, aparentemente, vale todo. Brindé con mi último trago de cerveza por ella, porque a pesar de todo, a pesar del patova de traje, estaba pateando la calle.


V.
El reloj ya marcaba las veintiuno y Callao era la artería que desconcentraba la manifestación. La caminata hasta Corrientes estuvo marcada por la reflexión y el recuerdo. Las condenadas a la debilidad, a la tibieza, a la indecisión, a la maldita feminidad, esta noche se habían levantado. Ya nada volvería a la “normalidad”, al para nada ingenuo estado natural de la cosas. Esta noche, en la plaza, había ocurrido un quiebre difícil, casi imposible, de enmendar. Las mujeres se vieron las caras, las heridas abiertas, y se juraron a si mismas: nunca más.

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