El Lagarto

Texto: Juan Cruz Guido Foto: Agustín Frías Silva I. Apoyar la mano sobre la manija y no llegar a girarla porque la puerta se abre...


Texto: Juan Cruz Guido
Foto: Agustín Frías Silva

I.
Apoyar la mano sobre la manija y no llegar a girarla porque la puerta se abre sola. 
Oscuridad.

"Buenas noches, suban por la escalera. Arriba hay vino, la función, en unos minutitos, está por empezar"

La escalera iluminada con velas marcaba el camino hacia la sala principal donde era cierto, había vino. El vino y la sangre, la sangre de cristo. El clima ya estaba viciado de la marginalidad propia del verdadero teatro, un teatro que sangra y se hace vino.

II.
Paredes, concreto y una ventana. Nosotros, los espectadores, podemos ver a través de esa ventana, violar violentamente la propiedad privada, entrar de lleno al asco que se oculta detrás de la privacidad. 

Una anciana acabada, una vieja borracha, una decante burguesa. Los adjetivos y los sustantivos se mezclan en la puesta que Gastón Frías, bajo la dirección de Guillermo Chinetti, nos trae cuando cambia su piel para convertirse en El Lagarto. Ese animal que se arrastra entre el barro y la mierda, que muestra sus dientes y espera el momento oportuno para, desde el suelo, morder.

III.
El mayor absurdo de la burguesía es seguramente su inevitable decadencia, y si pensamos en los valores que rigieron a la burguesía argentina, esa decadencia se multiplica aún mas. Quizá ahí resida entonces el valor inconmesurable de esta obra que vuelve a bajar el teatro al barro de la historia. Podríamos, sin duda, estar hablando de un teatro de la crueldad donde el absurdo se expresa salvajamente tanto en los gritos como en los silencios. La tranquilidad, la comodidad se hace pedazos en la carne de un actor que lleva su actuación hasta los límites mas inciertos de la cordura, aprovechando la fuerza de ese vértigo, de esa adrenalina, como motor incansable de su perfomance.

IV.
Todos los viernes, hace casi dos meses, por la zona de Congreso una obra se erige como faro de la actuación comprometida en la búsqueda insobornable de interpelar al espectador. Siendo una fiel heredera del teatro de Urdapilleta, El Lagarto respira el aire viciado de ser un estandarte contracultural, de ser un residuo pestilente y real de las sobras que deja la cultura de consumo masivo.  Poco sabe el hombre detrás de esta nota acerca de la continuidad -o no- de la obra en cartel, pero si usté, lector, se siente conmovido o intrigado por las premisas que esta puesta presenta, no dude en adentrarse algún viernes en las profundidades de este pantano cruel que sólo tiene un habitante, una bestia salvaje, un ser humanx.







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