NO ES AMOR, ES SOLO PARÍS de Patricia Engel

Por: Rocío Pelesson Ya el título lo dice todo: puede haber un dejo de cariño, los besos pueden llegar a movilizar cada rincón in...




Por: Rocío Pelesson

Ya el título lo dice todo: puede haber un dejo de cariño, los besos pueden llegar a movilizar cada rincón incógnito de tu cuerpo, y sus miradas son hasta capaces de hacerte olvidar hasta en dónde estabas parada. Pero tranquila, que eso no es amor: es París.
Leticia del Cielo es una inteligente y bella joven, hija de colombianos quienes hicieron su fortuna en Estados Unidos y, como cualquier padre latino, son muy apegados a su hija. Lita, como la llaman sus seres más cercanos, emprende un viaje de estudios a París, con la excusa de aprender el idioma, cuando en verdad lo único que desea es enamorarse, no sólo de un hombre sino de la ciudad misma. Se hospeda en “La casa de las estrellas”, manejada por una mujer francesa, Seraphine, ya entrada en edad, quien le enseña todo lo que ella debe conocer sobre los hombres, el amor y la bella París.
Así, Lita comprende que el amor mismo se transforma, muta en esa gran ciudad, donde cada rincón de la misma está especialmente preparado para aquellos amantes pasajeros (y no tan pasajeros). Y que, inevitablemente, la magia de París envuelve y nos hace olvidar quiénes somos.

Lita cae bajo el hechizo de Cato, un desarraigado joven francés con un triste pasado, que le da vuelta el mundo. Cato, quien carga una enfermedad pulmonar desde pequeño, es adoptado por Lita como protegido y amante, y juntos arman su propio universo, al cual nadie, excepto ellos, podrán acceder.
La novela transcurre sin mucho más que escenas sencillas, personajes extravagantes, y personajes como el de Lita, simples, auténticos, y con una calidez latina con la que cualquier lector sudamericano podría identificarse. La sabiduría de los padres de Lita se ve marcada en cada capítulo, con frases que bien podrían ser elegidas para ser tatuadas (en un futuro) en el alma.

No es amor, es sólo París es una novela apta para leer en el subte, en la playa, en la sala del médico, o cualquier otro lugar en donde el cerebro necesite frenar un poco, y embarcarse en un viaje de amor. Esta novela puede considerarse frívola y poco intelectual, pero aseguro que hacia el final de la hoja, inevitablemente, van a correr lágrimas. Y prometo que valen la pena.

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