El 24 siempre vamos a la plaza

Por: Fermín Garay Fotografías: Juan Cruz Guido Hoy, 24.3.15., caminé una vez más aquella mítica plaza, nuevamente inundada por...




Por: Fermín Garay
Fotografías: Juan Cruz Guido

Hoy, 24.3.15., caminé una vez más aquella mítica plaza, nuevamente inundada por la tierna inocencia de los niños y sus embobados padres que, atentos, los cuidaban como podían a causa de la cantidad de personas que inundaron, como si fuesen olas de gente, la plaza. Plaza que es de todos los argentinos y de los pueblos del mundo que quieran habitar nuestro suelo, pero en especial de ellas, de las Madres y las Abuelas de la plaza, canales necesarios para esta fiesta democrática.

No es tarea sencilla no caer en los merecidos elogios, y saludos que propicia esta fecha, así que preferimos no ceder ante la emoción casi automática que suscita los acontecimientos recordados. En su lugar, aguantaremos las lágrimas, apretando los puños, cerrando los ojos, con el mentón contra el pecho como si intentásemos caminar contra un viento helado, y así caminando en nuestra conciencia encontrar un sentimiento mayor, más pensado, cercano al aguijón que dejó clavado la dictadura genocida, en las familias de los 30 mil desaparecidos, hoy presentes. Teniendo la certeza que no encontraremos pesimismo, odio o frustración, sino que habremos encontrado el sendero de esas grandes mujeres, y de muchos otros hombres que supieron ser guía, y hoy son razón de vivir esta vida.

 La plaza de mayo, copada por militantes y muchos otros tantos que no lo eran, ilustra el maravilloso milagro que dio a luz la lucha por la verdad y la justicia. Preguntas aparecen, que bien podrían ir a pie de página pero que hacen al espíritu de desconcierto y admiración del cronista, ¿Cómo puede surgir alegría de tanta tristeza tatuada en los corazones?, ¿cómo es posible que esos brazos viejos y doloridos sigan levantando las banderas? ¿Cómo no callaron, cómo no cedieron ante el miedo cínico y oscuro? Insisto, preguntas de un joven admirado, y por qué no cobarde, que intenta dar forma a su agradecimiento.

Siempre resultó complejo y hasta contradictorio afirmar que los desaparecidos están presentes, que nunca se fueron. Hoy pude comprender verdaderamente que ellos siguen presentes verdaderamente, mas allá del silencio y el olvido, ellos no han desaparecido. Y puedo hoy afirmar, luego de haber marchado hacia la plaza que, como suele cantar Teresa Parodi, “nunca desaparecen los Desaparecidos”. 

Siguen con nosotros, caminan y ríen con su pueblo. Velan por su patria que amaron tanto hasta desechar su bien más preciado, menospreciando la muerte, para sembrar la tierra con sus hermosas vidas. Todavía más vivos que antaño, porque hoy podemos gozar de derechos y privilegios que ni en sueños remotos y disparatados, pudieron imaginar. Viven en los niños, en sus madres y abuelas, viven en las libertades conquistadas, viven carajo, viven en los corazones de los miles y miles que hoy miraron un horizonte democrático, viven en los muchos que nacimos en democracia, sin miedo a nada.



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