INMANENCIA de Daiana De Vincenzi

Por: Daiana De Vincenzi Ilustración: Luciano Martinetti No recuerdo en qué momento de mi vida decidí que iba a ser enfermera. De hec...



Por: Daiana De Vincenzi

Ilustración: Luciano Martinetti

No recuerdo en qué momento de mi vida decidí que iba a ser enfermera. De hecho no sé si alguna vez lo decidí y pasó que ciertos hechos me llevaron a aceptar tal trabajo, y tal otro, y un día aquí estaba. O quizás sí, quizás hubo un tiempo en el que tuve un genuino deseo de ayudar y de trabajar con los enfermos. Pero ya no me acuerdo. El hecho es que hace más de cincuenta años que lo hago.

No siempre fui infeliz. La fuga del tiempo, veo hoy, me ha dejado en realidad con pocas memorias de mi vida, pocos recuerdos de mis acciones. Haber pasado tanto tiempo en este lugar simplificó años, y así, treinta años fueron, quizás, uno. Mentiría si dijera que fui infeliz. Pero esta vejez me encuentra cansada, y con tiempo para mirarme al espejo. Y ahora sí me sé infeliz, me sé desperdiciada.
Mi historia empieza con Guido Godro. Entró en la clínica en 1852 enfermo de tuberculosis. Un chico amigable, simpático pero tímido. No solía participar de las actividades grupales y siempre andaba solo, con sus libros. Sus ser entero emanaba sufrimiento, pero ni la psicóloga del establecimiento logró que se abriera. El tema con Godro era que desde que entró, le diagnosticaron dos meses de vida. Es feo admitirlo, pero todos lo veíamos y le hablábamos con esto en mente. Yo era su enfermera. Más allá de las tareas domésticas me encargaba de darle los medicamentos y de escribirle las cartas, ya que él no podía. Me dictaba las palabras y yo las copiaba. Al comienzo ni las escuchaba, me limitaba a transcribirlas, pero luego noté que las palabras de Godro tenían una densidad existencial. Sus cartas me dejaban pensando, y el hecho de escribirlas se volvió excitante en mi trabajo. Se sentía como un capítulo de un libro todos los días.

La única persona a la que Godro le escribía era a su madre. Al parecer, no tenía amigos ni otra familia, y como descubrí, la madre era una persona entrando en la vejez con apenas movilidad. Guido le contaba lo que hacía, que no era nada, qué estaba leyendo, qué pensaba en esos días. No había un patrón ni un tema específico, pero Guido exageraba las palabras, las embellecía y lograba relatar las cosas más ordinarias con una competencia y un ingenio casi irreales. Era como si en cada carta desarrollara un poema en prosa, una historia escondida tras los asuntos diarios. La madre le contestaba sobre todo con palabras de amor y de apoyo; y así, hablando un poco de todo y de nada en especial, eran tres las cartas que mandaba y recibía por semana. Y yo, al escribirlas, de alguna forma me volví una tercera integrante en esa correspondencia. Un agente exterior, que se volvería mi condena.

Godro no murió a los dos meses como le estaba diagnosticado, pero murió al quinto, en silencio, mientras dormía.

No dejó mucho atrás... una existencia evitable, casi insignificante. La muerte y el velorio fueron sucesos amargos, pero ¿cuánto más duraría? Al mes, nadie se acordaba ya de Guido Godro, había sido un paciente enfermo más, sin rasgos excepcionales. Pero yo sí. Yo claro que me acordaba. Me he acordado de él todos los días desde entonces. Porque yo le seguí escribiendo cartas a la madre.

Ahora, escéptico y pálido lector, no espero de usted una desaprobación, ni un consuelo, ni nada. Puede juzgarme si quiere, no me incumbe. Lo único que intento al escribir estas palabras es una confesión, una catarsis. Yo misma moriré dentro de muy poco y debo escribir mi historia, aún si nadie la lee. Al escribirla ya la hago parte del mundo y menos mía.

Al morir Guido, no planeé seguir escribiéndole a la madre, claro. Pensaba, por el contrario, escribirle una última nota en la que le advertiría de la muerte de su hijo y  le daría mis condolencias como las de toda la clínica, tal como era correcto. Pero algo pasó: Llegó antes una curta suya, en la que agregó una foto para mostrarle a Guido el nuevo lugar al que la habían trasladado, el nuevo geriátrico. En la foto vi a una señora, vieja, muy blanca y débil, en un cuarto amarillo, melancólico e infamante que me deprimió sin más. Vi una cara cansada, ojos pequeños disimulados entre arrugas finas y limpias, y una mueca que imitaba una sonrisa. Pero esa sonrisa, usted crédulo y pálido lector la debe reconocer, era de esas sonrisas fingidas, cargadas de intención de parecer feliz, pero errante.  Era esa sonrisa que pretende ocultar la tristeza del alma. Me vi incapaz de generarle a esa sonrisa otro disgusto, otra razón para disminuirla. Y así fue, le respondí haciéndome pasar por Guido. No fue algo difícil, ya había escrito muchísimas veces por él. Le escondí a ella su muerte, le mentí a mis superiores diciéndoles que la madre ya estaba notificada, y me engañé a mi misma haciéndome creer que había sido tan sólo por esa vez, que se lo diría cuánto antes.

Ya conocen a la débil de mi memoria, no me es posible determinar cuánto tiempo mantuve esta correspondencia, pero recuerdo muchos inviernos escribiendo cartas. Se convirtió en mi tarea más importante. Le pintaba a la madre de Guido una situación optimista, le hacía creer que pronto se recuperaría y se podrían ver. No sé por qué exactamente, pero necesitaba hacerla feliz, necesitaba imaginar que realmente contribuía con esa sonrisa. Y cuánto más nos escribíamos, más me sumía yo en el mundo imaginado. En nuestras cartas, el universo tenía un sentido. Todo era plan de un método divino que hacia el final se revelaría, regalándonos la dicha. En el exterior, en cambio, estaba el hospital, con sus pacientes enfermos con cara de resignación; y estaba yo, no haciéndome más joven, no progresando. Mi realidad física era inmóvil, el mundo de las cartas era dinámico e infinito. Y ahora entendía a Guido Godro y el porqué de sus extensos diálogos. Ahora yo ocupaba su lugar.
 Supe de la muerte de la madre de Guido cuando me dejaron de llegar las cartas, y en cambio, me llegó una invitación para el velatorio. A Guido le llegó, claro. Esto, en vez de ser una liberación de mi tarea, fue un impacto. Habían pasado años desde la muerte ocultada. Las primeras semanas estuve distraída, hacía mis deberes casi inconscientemente. Mi cuerpo los hacía, bah,  mi mente pensaba en las cartas; las repetía de memoria, dudaba de si tendría que haber puesto tal palabra en vez de tal otra.

Decidí entonces, para intentar terminar con todo ese absurdo, escribir una carta de despedida. De Guido, a su madre. De alguna forma se los debía. La hice bien emotiva, con lo que creía que un hijo enfermo le diría a una madre moribunda. Me sentí aliviada y al otro día supe pretender que todo estaba nuevamente en equilibrio. Pero claro que no era así, yo ya no podía regresar al mundo enteramente.

La carta de despedida de la madre a Guido la escribí llorando. Nunca me había hecho pasar por ella; nunca había sido alguien más que Guido. Pero se sintió bien, en cierto sentido la conocía, habíamos hablado durante mucho tiempo, ¿no?

Ojalá ¡ojalá! esto hubiese sido suficiente, resignado y pálido lector, pero mi voluntad ha sido demasiado débil. Los días han pasado sin avisar y la cabeza no advertía que el cuerpo estaba envejeciendo.

De todos modos, ya pasaron 45 años desde que sigo escribiendo las cartas de Guido y de su madre. Ya hace 45 años que soy ambos, soy él y soy ella, y soy yo quien los manejo y me manejo, que invento y me comparto. Pero sí, claro que ellos ya no son ellos. Mi Guido no es el enfermo de tuberculosis que conocí una vez, y mi señora no es la vieja de sonrisa triste que me reveló esa foto. Ahora ellos son mis personajes, son fruto de mi mente que encontró la paz, finalmente, siendo otros, escribiendo sobre otros, entre ellos, en cartas que nadie recibe y nadie lee, sólo yo, en este cuarto de geriátrico, sola.

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