II Festival Internacional de Literatura de Azul

Por: Melina Alexia Varnavoglou Se han hecho este año muchos Festivales de Literatura y de Poesía en diversos puntos del país. Desde...


Por: Melina Alexia Varnavoglou

Se han hecho este año muchos Festivales de Literatura y de Poesía en diversos puntos del país. Desde el FILBA, con sede en Buenos aires, al de Rosario, a la cabeza, en homenaje a Saér, con un plantel de invitados más que formidables y reconocidos mundialmente. El de Jujuy, donde han participado, también editoriales independientes o el de Literatura Latinoamericana de Bahía Blanca.

Fui invitada a organizar el de Azul y sin por esto desmerecer ningún de los otros, me atrevo a decir que este propone algo diferente. ¿Por qué?

En principio, por el marco en el que este Festival se realiza. En ocasión del Festival  Cervantino que se lleva a cabo todos los años en la ciudad de Azul, dada su importancia a nivel de recopilación de versiones del Quijote albergados en la Biblioteca Ronco, el poeta azuleño Jotaele Andrade decidió abrir un espacio donde se lea literatura propia. 

Como este es más bien marginal dentro del a agenda del Festival Cervantino, lejos de contar con el mismo presupuesto y sin la exigencia de tener que convocar grandes personalidades de la cultura que convoquen cierto número de gente para volverlo masivo y de relevancia para que salga en los diarios locales, este se desarrolla de manera casi autogestionada.

Es un esfuerzo ir hasta allá, comprar los pasajes, asegurarse la residencia, para los editores transportar sus libros, nunca se sabe en efecto cuanta gente vamos a esperar. Y es,  por ello, también un placer.  
Se realiza además, al aire libre en el Parque Municipal Domingo Faustino Sarmiento, que es uno de los lugares, junto con el circuito arquitectónico de Fransisco Salomone, más bellos de la ciudad.
Eso invita a los participantes a acampar allí mismo, y, que a la noche, se lea en Fogones disfrutando de un asado y una cantina.

Este formato, que algunos tildarían de neo-hippie, se contrapone con lo que verdadermente ocurrió a nivel literario. Relajados, pero concentrados y comprometidos, fue posible distinguir entre los invitados, un espíritu de gratitud y de respeto para con los demás artistas.  Lejos de otros Festivales y/o encuentros literarios dónde se nota que a la mayoría no le importa lo que el otro lee, y esta solo allí –si es que siquiera se queda- por tener que cumplir porque o bien: ya se conocen entre sí  y siempre es un tanto poco patético ver a los demás igual que uno repetirse o bien, porque simplemente no les interesa y la agenda es ajustadísima y no todos pueden escucharse; se dio, en cambio, y generalizadamente un estado de amistad en la poesía y, al menos en mi caso aprendí mucho de todos los artistas que subieron al escenario. 

Esto se debe, fundamentalmente, a la decisión de Jotaele Andrade de convocar poetas y músicos de estilos muy diferentes y de distintas partes del país y del exterior a participar.  Además de la variada fauna de poetas porteños y conurbarenses, fueron excepcionales las lecturas de Teresa Obregoso de Perú y de Jorge Montesino de Paraguay, las canciones de la chilena Naara Andariega y de poetas del interior del país que viajaron como Mariana Kohon de Bahía Blanca y de Diego Roel de La Plata.
Aún asi podría haber fallado. A Jotaele no le interesaba darle mucha difusión y su respuesta fue lacónica: “El que sabe cómo es, viene”. Pero la convocatoria fue muy buena –casi el doble de la del año pasado- y en todo momento, hubo un sostenido nivel atención.

Pues cada una de las presentaciones y lecturas fueron de una intensidad inesperada. Cada poeta o músico invitaba al otro a generar un clima, diferente en su estética, igual de conmovedor.
Es por eso que hubo a partir de las actuaciones desde carcajadas al unísono a llantos.

Puedo describir por ejemplo las siguientes escenas:

El sexteto vocal “La Papa Cantora” ya ha terminado de hacer gran parte del show, que incluyó zambas, improvisaciones y temas tradicionales búlgaros, y está por cerrar con la última canción que habla de algo relacionado con  la fecundidad. En ese momento una pareja de perros que andaba jugueteando por el parque y chumbando durante todos los temas casi al punto de superponer por momentos su volumen con el de la música, se inmiscuye entre la segunda fila de piernas de las cantoras y se dispone a cometer, sobre el escenario, el divino acto (sic). Ellas, por supuesto, como todos, se ríen y siguen cantando.

Inmediatamente después les toca a las poetas Julia Magistratti y Claudia Masin hacer su lectura.  Acaba de anochecer. Julia enciende un cigarrillo y antes de comenzar a leer cuenta parte de su infancia en Azul, de la sensación extraña y emocionante de estar leyendo en ese mismo parque que tenían que ver siempre del otro lado del puente, pues allí –ahí- entrenaban los milicos. Nombra además a Roberto Glorioso, poeta azuleño y  padre o tío de todos en algún punto, que les acercaba poesía a esa vida de pueblo, por momentos  cruel, árida.  Y Roberto esta ahí con una silla en el pasto conmovido escuchándola. 

El ritmo de la lectura fue arrasador. Fue como si cada poema fuera urdiendo  y tensando cada vez más la trama de la noche. 

No sabíamos que recién comenzaba: nos esperaban todavía los corderos asados en cruz y el vino, y más lecturas, que en el devenir de madrugada, fueron tornándose performáticas: poetas leyendo en el suelo, acostados, parados o caminando al lado del fuego y todos, con casi la misma atención –tampoco seamos insinceros- escuchando y compartiendo la velada.

Al día siguiente con las energías renovadas Virginia Janza dicto un taller de Haiku. Es domingo, personas del barrio y que probablemente no tuvieran contacto con la literatura han venido a pasar la tarde. Una señora de unos 70 años lee los mejores haikus escritos en ese momento, de la ronda.

Una de las ultimas actividades del festival fueron la presentación del libro “Los metales terrestres” de Jotaele Andrade, a cargo de Añosluz Editora y  las demoledoras lecturas de Rita Gonzalez Hesaynes y Diego Roel.  A todos los une la dimensión cósmica, mucho más allá de la vivencia del momento presente, de su poesía.  La capacidad de ver en lo pequeño lo grande y viceversa.  Y eso genera una profunda tensión por ser sus poemas y la forma en que los leen absolutamente vitales y de una incontenible presencia. Conmueven y algunos nos ponemos a llorar de la belleza.  

Es bastante difícil de describir lo que sucede en un Festival Internacional de Literatura de Azul.          Es un encuentro literario que no miente en ninguna de las dos partes de la definición: realmente nos encontramos como personas y fue mediante la literatura, la que se hace sinceramente, con trabajo y pasión: la que algunos necesitamos para vivir.

Esperamos ansiosos el próximo año a todo aquel que quiera vivirlo.

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