El Poeta y su tiempo: Conde de Lautréamont

Por: Juan Cruz Guido Ilustración: Josefina Pereyra Corría el 1917 cuando, durante una de sus recorridas por las pérdidas librerías de ...



Por: Juan Cruz Guido
Ilustración: Josefina Pereyra



Corría el 1917 cuando, durante una de sus recorridas por las pérdidas librerías de Paris, Philippe Soupault se topó con un libro viejo y corroído por el tiempo en la sección de matemáticas. Ese pequeño ejemplar, olvidado por la historia, era Los Cantos de Maldoror escritos por un tal Conde de Lautreamont. Sus memorias recordarán este día como un antes y un después en la vida del que sería uno de los padres del movimiento surrealista. “Bajo la luz de una vela, comencé a leer. Fue como una iluminación. En la mañana leí los Cantos de nuevo, convencido de que había soñado...  Al día siguiente, André Breton vino a visitarme. Le di el libro y le pedí que lo leyera. No llegó a pasar otro día, cuando lo trajo de vuelta, entusiasmado como yo lo había estado.”

El mismo Rubén Darío tendría palabras de desbordante admiración -equiparándolo inclusive con Rimbaud-, para con este desconocido que arribó a la literatura casi por error y la cambió para siempre. “Escribió un libro que sería único si no existiesen las prosas de Rimbaud; un libro diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y penoso; un libro en que se oyen a un tiempo mismo los gemidos del Dolor y los siniestros cascabeles de la Locura”.

Pero entonces, ¿Quién era este “profeta” del simbolismo y el surrealismo? Durante mucho tiempo fue muy poco lo que se conoció de él, lo cual permitió un desenfrenado delirio acerca de la condiciones tanto de su vida como de su muerte. Lo cierto es que hoy, a casi 150 años de su muerte física, se ha esclarecido un poco la cuestión y hasta ha aparecido una fotografía suya (la falta de ella fue otro hecho que aumentó considerablemente la intriga en torno a este personaje durante gran parte del siglo XX).

Bien sabemos que nació en Montevideo, Uruguay, hijo de un diplomático francés y que en su juventud vivió en carne propia el asedio a la capital uruguaya durante la Gran Guerra que este país mantuvo con la Argentina. La constante situación de conflicto y de riesgo marcó a fuego y endureció el alma del, para ese momento, joven poeta.

Cumplida la edad de 13 años, emigró a Francia a completar sus estudios. Durante esta estadía comenzó a interesarse por la literatura y la poesía, volviéndose un asiduo lector tanto de Lord Byron, como de Poe y Baudelarie. Siendo contemporáneo a la literatura romántica, ésta influiría fuertemente sus versos y sus formas literarias.

Llegaría entonces, en 1868, la primer publicación de su célebre libro Los Cantos de Maldoror. Esta primera edición, pagada en su totalidad por él mismo, se completaría con la edición de 1869 a manos de Albert Lacroix en Bruselas. Lacroix, por temor a una reprimenda, se negó a distribuir el libro, desilusionando fuertemente a Ducasse. Éste acudió a Auguste Poulet-Malassis, hombre encargado de publicar unos años antes Las Flores del Mal, quien también declinaría la propuesta de asumir la distribución.

Al año siguiente, Ducasse, triste y deprimido, dejaría para siempre este mundo, entregando solamente unos pocos ejemplares de su obra maestra y sumiéndose en el total anonimato. Pasarían casi cuarenta años hasta que los surrealistas lo desenterraran de su tumba en el olvido de la historia y lo elevaran a la condición de “profeta” junto a Rimbaud y Baudelarie.

Este enigmático uruguayo, de nacionalidad francesa, será considerado uno de los más poderosos poetas del siglo XIX rompiendo absolutamente todos los esquemas habidos y por haber, y entablando un romanticismo del Mal, un culto a lo Oscuro y a la Locura.

En sus cantos, su alter ego Maldoror, encarnara el Mal y describirá, con una poética tan perturbante como genial, el profundo asco y desprecio que siente por el hombre, ese “mísero Ser que vive encerrado como un salvaje en su cueva, y rara vez sale ella para visitar a su semejante, acurrucado de similar manera, en una cueva vecina”.

Pero Maldoror, o en esencia Ducasse, más desprecio acaso siente por Dios, esa bestia sobrenatural que fue capaz de engendrar a semejante monstruo como lo es, para él, el hombre. En una serie de escenas grotescas y sádicas, Maldoror, el arcángel del Mal, se enfrenta a un Dios que pasa sus noches en burdeles persiguiendo jóvenes mujeres.

Las escenas delirantes se multiplican mientras el lector más se adentra en el libro. Objetos parlantes, animales que se vuelven emisarios divinos y personajes que sufren deformes gigantismos, son algunos de los cuadros mentales que nos entrega esta obra que luego será tomada por poetas, pintores –tal fue el caso de Dalí, al que incluso llegaron a acusar de plagiar varias imágenes del libro en sus cuadros- , y todo tipo de artista que se disponga a sumirse en las más turbias profundidades del alma humana.

Siendo contemporáneo al Rocambole de Ponson, Lautreamont nos entrega un libro que expresa, de la manera más aterrante posible, lo que hoy llamaríamos más que un sueño, una pesadilla.

Como en Las Flores del Mal –y muy probablemente, bajo la influencia de esta ineludible obra- Ducasse interpela al lector, lo arranca de su pasividad para interactuar con él y, de esa manera, comprometerlo totalmente con la lectura. Una vez comenzado el viaje, ya no habrá vuelta atrás. A diferencia de la Divina Comedia de Dante, en este descenso no hay ascenso, en los versos de Ducasse, de Lautreamont o de Maldoror, no existe tal cosa como el paraíso, tan sólo se oyen  eternamente “los gemidos del Dolor y los cascabeles de la Locura”.

“Quiera Dios que el lector, envalentonado y habiéndose convertido en la actualidad en un ser tan feroz como lo que lee, encuentre, y sin pérdida de rodamientos, su senda, su salvaje y traidor camino a través de los desolados pantanos de estas páginas sombrías, empapadas de veneno, las cuales le resultaran emanaciones letales que disolverán su alma, como el agua hace al azúcar.”

CANTO l – Los Cantos de Maldoror

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