Nepal: Tierra de dioses vivientes

Tierra de dioses vivientes Por: Al Kleiman Enredado en una maraña de cables se ve a un hombre intentando, quizás, poner algo ...

Tierra de dioses vivientes

Por: Al Kleiman

Enredado en una maraña de cables se ve a un hombre intentando, quizás, poner algo de orden en el caos que no es excluyente del poste al que está trepado, sino que incluye también al tráfico, la gente, los animales y las construcciones que hacen de Katmandú lo que es.

Alguien me comenta que es aquí, en la capital de Nepal, donde los budistas realmente viven su fe de acuerdo con lo que son y no con lo que tienen que, al parecer, tampoco es mucho.

Nuestro vuelo llegó muy tarde a la noche al Aeropuerto Internacional Tribhuvan de Katmandú, que lleva este nombre en honor a quien fuera rey de Nepal desde 1911 hasta su muerte en 1955. A la salida nos estaba esperando un taxi enviado por el hotel. Centenares de personas esperaban la llegada del avión, decenas pretendían ayudarnos con el equipaje, llevarnos hasta algún destino, vendernos alguna visita a sitios de dudosa existencia. El chofer se abrió paso en la multitud con un cartel portando nuestros nombres y allí partimos entre las miradas resignadas y reprobatorias de la multitud.
Atravesamos callejones oscuros, construcciones tambaleantes y finalmente llegamos al hotel, presuntamente uno de los mejores de la ciudad, que nos recibió con un letrero indicando “estacione bajo su propio riesgo”. La primera pregunta fue ¿qué hacemos aquí? aunque, en realidad, sabíamos la respuesta. Habíamos venido a ver la cordillera del Himalaya y, en particular el Monte Everest, con nuestros propios ojos.

El hotel era un palacio del siglo XIX que había sido residencia real entre 1894 y 1964. Cuentan que la reina Aishwarya, la reina Komal y la princesa Preskshya nacieron aquí. Nos dieron una suite en la que dormimos como reyes perdidos y un tanto confundidos.

A la mañana siguiente salimos a caminar para explorar la ciudad. En primer lugar fuimos a la Durbar Square (Plaza del Palacio), con su arquitectura newarí, que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. En el palacio de Hanuman Dhoka vivieron hace más de un siglo los reyes de Nepal. La plaza fue construida entre los siglos XVII y XVIII y está repleta de templos de distintas épocas (la mayoría más antiguos que la plaza) que honran a dioses diferentes y a los cuales veneran con “pujas” (ofrendas). 

El lugar es imponente aunque también refleja el deterioro y decadencia que se respira en toda la ciudad. Es una aventura observar o subir las escalinatas de los templos, ver a sadhus auténticos o disfrazados para los turistas, y a los vendedores de antigüedades recién fabricadas tratando de ganarse el sustento con los viajeros. 

No muy lejos se encuentra el complejo de Swayambhunath que tiene una estupa, (también conocido como Templo de los monos), y que se caracteriza porque tiene pintados los ojos y las cejas de Buda, varios santuarios y templos, un monasterio tibetano, un museo y una biblioteca. Una de las formas de llegar es subiendo una escalera con 365 escalones.


Una estupa es, en términos generales, un monumento funerario en el que se suelen alojar reliquias, y que es utilizado como lugar de peregrinación. El monumento simboliza la doctrina budista donde cada parte representa elementos cósmicos: la base cuadrada representa la tierra; la bóveda hemisférica describe la parte celestial; la terraza la residencia de los dioses; la luna creciente es la unión del cielo y de la tierra y finalmente, los chakrás o discos del mástil que refiere a los sucesivos cielos.

En el centro de Katmandú algunas veces es posible ver asomarse desde una ventana a la diosa viviente, denominada en idioma sánscrito Kumari, en el Kumari Ghar (Palacio de Kumari). La actual Kumari real, Priti Shakia, fue ungida el 10 de julio del 2001 a los cuatro años de edad.

Para los hinduistas y los budistas nepalíes una Kumari es la reencarnación de la diosa Taleju hasta que la niña tiene su primera menstruación. A partir de ese momento los nepalíes consideran que la diosa Taleju se desencarna de su cuerpo. Taleju, la diosa reencarnada en esta niña, es la principal deidad protectora de Nepal y su familia real. Se cree que el poder del rey deriva de ella y si éste no recibe su bendición probablemente pierda su reino.


Bodnath, es el barrio tibetano y su monumento más emblemático es la estupa esférica, una de las más grandes del mundo, coronada por una torre con los ojos de Buda que miran a los cuatro puntos cardinales. Innumerables fieles la rodean haciendo girar los sagrados rodillos de oración con sus manos mientras las banderas de colores (azul, que representa el espacio; blanco al agua, rojo al fuego, verde al aire y el viento, y amarillo a la tierra) se agitan al viento para bendecirnos a todos los seres vivientes. Estos colores, además, tienen un significado místico y son considerados amuletos: blanco para superar los obstáculos, amarillo para la longevidad, rojo para la energía, y azul y verde para la actividad.

En los alrededores de la estupa hay cerca de cincuenta monasterios donde los novicios aprenden los mantras y sutras. En el budismo tibetano se considera que cada mantra (oración) corresponde a un determinado aspecto de la iluminación. Sutra es, por lo general, un discurso dado por Buda o alguno de sus discípulos.

A unos seis kilómetros de Katmandú, a orillas del contaminado río Bagmati, se encuentra el templo hinduista de Pashupatinath, al que los extranjeros no tenemos permitida la entrada pero donde es posible observar, desde la otra orilla del río, el rito funerario de la cremación en el que los muertos son incinerados con la esperanza de que este acto los libere del círculo de las reencarnaciones. Una vez consumido el cadáver, sus restos son arrojados al río. 


Se hace difícil no hacer conjeturas basados en nuestra formación occidental, sobre todo ante el olor a carne quemada, pero al mismo tiempo, si algo aprendimos al viajar, es a tratar de entender y respetar las distintas culturas y tradiciones de las cuales somos testigos eventuales. Un viaje siempre es muchísimo más que un desplazamiento geográfico.

Al día siguiente iríamos a las montañas. Dos líneas aéreas, Budha Air y Yeti Airlines hacen un vuelo de una hora aproximadamente desde el cual se puede ver la cordillera del Himalaya desde cerca hasta llegar al imponente monte Everest.

Tras un corto viaje hasta el sector nacional del aeropuerto, donde los vuelos salen en horario nepalí, es decir “salen cuando salen”, finalmente abordamos el turbohélice, en este caso de Budha Air, para hacer el viaje. Fuimos afortunados y nos tocó un día de sol radiante, con el cielo completamente despejado. Al subir al avión las azafatas te entregan un mapa donde se indica cada una de las montañas principales que se podrán observar durante el viaje que, de todos modos, van señalando a lo largo del vuelo, entre ellas Gauri-Shankar, de 7134 metros de altura; Cho-Oyu, de 8201; Nuptse, de 7855; Lhotse, de 8516 y, por supuesto, el Everest al que los locales denominan Sagarmatha, de 8848 metros.


A todos los pasajeros se les asigna un asiento en ventanilla y si bien las montañas, en el vuelo de ida quedan sobre el lado izquierdo, los sentados del lado derecho las podrán ver en el vuelo de regreso. A su vez, cada uno es invitado a visitar la cabina donde es posible intercambiar algunas palabras con el piloto. Desde la altura no pudimos divisar al Yeti, el abominable hombre de las nieves que, aseguran, mora en las cumbres.

Ni las fotos, ni las palabras, hacen justicia a la sensación mixta de pequeñez y grandeza que nos da ver la cordillera más alta del planeta. 

Ver el Monte Everest con nuestros propios ojos es emocionante y no es posible dejar de pensar en los montañistas que lo escalaron, en los pocos que pudieron hacer cumbre y me vienen a la mente las palabras de Bear Grylls, el montañista británico más joven en llegar a la cima, cuando le preguntaron qué sentía al haber conquistado el Everest, a lo que respondió que él no había conquistado la montaña, que ésta sólo lo dejó posarse en su cima por unos instantes. Tal su poder.
Hay memorias que uno elige recordar. Ésta, sin dudas, será una de ellas.

Fotografía: Al Kleiman
Edición: Gastón Frías

Relacionado

Todo 8240721942570250905

Publicar un comentario

emo-but-icon

Seguinos

Lo más visto

Visitá También

.

Text Widget

Connect Us

item