El Poeta y su Tiempo: Charles Baudelaire

 El Poeta y su Tiempo: Charles Baudelaire  Por: Juan Cruz Guido Una expresión corriente -pero, no por eso, menos acertada- consid...

 El Poeta y su Tiempo: Charles Baudelaire

 Por: Juan Cruz Guido
Una expresión corriente -pero, no por eso, menos acertada- considera a Charles Baudelaire como el padre de lo que hoy entendemos por poesía moderna. Tanto su célebre libro Las Flores del Mal –obra que será la piedra angular del simbolismo francés- como sus prosas poéticas contenidas en Los paraísos artificiales o El spleen de París, buscarán sacar al poeta a la calle. La premisa baudelairiana considerará necesario que la poesía salga a calle, que salga a nutrirse de ella. Para él, el artista debe experimentar en carne propia los límites más inciertos de su mundana existencia. Sólo así logrará materializar esa construcción abstracta que es el arte. 

Charles Baudelaire nació en París el 9 de abril de 1821, fruto del matrimonio entre Joseph Baudelaire y Caroline Archimbaut-Dufays. Al nacimiento de Charles Joseph tenía sesenta años, lo cual sería el preludio de una muerte que lo dejaría huérfano de padre a la temprana edad de 6 años. Su madre, Caroline, luego de la muerte de su marido, se casaría con Jacques Aupick, un militar rígido y puritano, que jamás alcanzaría a tener una buena relación con Charles. Él vivirá la muerte de su padre y el posterior casamiento de su madre como un total abandono.

Superado un bachillerato marcado por la conflictividad para acatar la dura disciplina del Collège Louis-le-Grand, Baudelarie, comienza a estudiar para abogado en la Facultad de Derecho de París. Allí, en el Barrio Latino, empieza a familiarizarse con la juventud literaria y traba amistad con varios pintores, poetas y escritores que lo acercan a la literatura. Durante este periodo se sumerge de lleno en la bohemia y abandona sus estudios, pasando los días por las calles de París bajo los efectos tanto del vino como del hachís, y visitando frecuentemente a Sarah, una prostituta de la cual se enamora perdidamente.

Luego de un fallido intento de su padrastro de enlistarlo en la marina mercante, Charles vuelve a frecuentar la vida artística de la capital francesa y decide dedicar su vida a la escritura. Decide, sin excusas, dedicar su vida al arte.

En Baudelaire, el poeta debe caminar la ciudad. Sus versos deben ser, necesariamente, el más fiel retrato del tiempo en el cual le ha tocado habitar. En su caso, será el de una modernidad desbocada que avasalla todos los ámbitos de la vida social en la ciudad. Baudelaire rechazará a la naturaleza por no resultarle interesante. Se interesará, en cambio, por el alma humana;  por sus pasiones y sus lamentos dentro de la vida en la metrópoli.  “Nunca creeré que el alma de los dioses habita en las plantas, y aunque allí habitara, me importaría más bien poco, pasando a considerar la mía como mucho más preciosa que la de esas legumbres santificadas”.

Esta cosmovisión no es casual y su más lograda pieza sobre ella es su polémico libro Los Paraísos Artificiales. En ese texto, Baudelaire -fuertemente influenciado por la lectura que ha hecho de Confesiones de un opiómano inglés, de Thomas de Quincey- describe los efectos tanto del hachís como del opio, entendiéndolos justamente como caminos hacia un paraíso tan perfecto como irreal. Es allí donde reside, para él, la grandeza del hombre, del hombre en la ciudad. Un hombre que logra desafiar a Dios creando sus propios paraísos artificiales. Pero en tanto artificiales, esos paraísos, en su carácter de ilusorios, son simplemente pasajeros. Es entonces, cuando el poeta, el artista, debe ser fuerte, debe volver a la realidad de su viaje prometeico y bajar a la tinta, la pintura o la música, las crónicas de ese viaje. En este poder volver y poder ser fiel testigo de semejante delirio del espíritu reside, para Baudelaire, la gloria del artista.

Durante este período comienza, también, su obsesión con la obra de Edgar Allan Poe –autor al que tradujo varias veces al francés en traducciones que, en algunos casos, superan ampliamente a sus originales-. Baudelaire veía en Poe –alcohólico y, también, opiómano ocasional- la encarnación de lo que él entendía por artista. Un hombre en rebelado, incomprendido por una sociedad sumamente mercantilista y liviana como la norteamericana, que ante esta falta de comprensión acude a las drogas, a la autodestrucción reviste, para el poeta francés, de una poderosa grandeza.

De esta etapa de su vida, surge su primer y única novela, "La fanfarlo". Baudelaire, que rechazaba fuertemente la novela considerándola un “género bastardo” frente a la poesía o la prosa poética,  recurre a ella como salvataje a una situación económica sumamente delicada. De todas maneras y, luego de experimentar con ella, descubre su poder, descubre que la novela entrega a su autor una libertad absoluta. “Como muchos bastardos, la novela es un niño mimado al que todo le sale bien. No sufre inconvenientes y no conoce otro peligros que su infinita libertad”.

Para 1857, y con controversiales palabras, Baudelaire se defendía de la orden de suprimir seis poemas de "Las Flores del Mal" y de pagar una multa de seiscientos francos para lograr la reedición de una obra que había sido tildada de satánica y blasfema: “Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a una puta de cinco francos que una vez me acompañó al Louvre donde ella nunca había estado y empezó a sonrojarse y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las estatuas y cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes indecencias.”

Esta obra sería, para la posteridad, el mayor legado del poeta francés. Sus versos, entregados a cierto romanticismo propio de la época, estarían impregnados en su totalidad por lo que luego sería el simbolismo. Su alma, el alma de este poeta tan genial como polémico, se presenta en cada verso, en cada poema del libro. Baudelaire es "Las flores del mal", él elige encarnar el Mal. Ser el Bien es lo fácil, lo moralmente correcto, lo propio de un buen burgués. Baudelaire, en cambio, elige la suciedad, lo enfermo, lo podrido, lo maldito.

Será la sífilis, de la cual era portador – y que muy probablemente se hubiera contagiado de Sarah, la prostituta con la cual mantuvo relaciones durante su primera estadía en París-, la cual lo terminaría alejando para siempre de un mundo al cual supo, en todo momento, retratar a la perfección.

Si bien en vida gozó de cierta fama dentro del circuito artístico de la capital francesa, sería luego de su muerte que alcanzaría su máximo reconocimiento como escritor, pero, principalmente, como artista. Su vida fue el arte que luego sus versos reflejarían, supo adelantarse a su tiempo, supo ver hacia donde se dirigía un mundo dominado por el absurdo de los absurdos –o, en otras palabras, la burguesía-. Sus polémicos escritos y su controversial forma de vida llevaron a que se lo considerará como el primero de los llamados “poetas malditos”. Su figura y su visión del arte y el artista marcarían para siempre la cultura contemporánea, llegando hasta nuestro tiempo la actualidad de sus versos.

EMBRIAGARSE de Charles Baudelarie

Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: ésta es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del Tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace inclinar hacia la tierra, hay que embriagarse sin descanso.
Pero, ¿de qué?
De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca. Pero embriáguense.
Y si a veces, sobre las gradas de un palacio, sobre la verde hierba de una zanja, en la soledad huraña de su cuarto, la ebriedad ya atenuada o desaparecida ustedes se despiertan pregunten al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntenle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, contestarán:
“¡Es hora de embriagarse!
Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo, ¡embriáguense, embriáguense sin cesar!
De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca.”

                                                                                                El Spleen de Paris, 1869

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